Newsletter de Oscar Pombo
Tienes trabajo. Tienes obligaciones. Tienes una vida montada. Y aun así.
Yo dejé de esperar a los 41.
Y me subí a un escenario por primera vez sin tener ni idea de lo que hacía.
Yo te lo voy contando. Por escrito, en emails, según me vaya pasando.
Si te apetece leerlo, te apuntas aquí abajo.
Venga, tío, si no me convences, me doy de baja.
¡Bienvenido al movimiento!
Revisa tu email en unos segundos.
Te levantas. Trabajo. Casa. Obligaciones. Cama.
Y al día siguiente otra vez.
Y otro día.
Y otro.
No te va mal. No tienes una crisis.
No tienes motivos para quejarte.
Pero hay una pregunta que te aparece cuando nadie te mira.
No sabes qué te gusta de verdad. No recuerdas la última vez que hiciste algo por primera vez. Ves pasar los años y sigues en el mismo sitio. Y todavía no sabes qué coño quieres ser de mayor.
Y entonces llega la voz.
Esa voz de dentro que te dice que ya es tarde.
Que tienes una hipoteca, una familia y demasiado que perder.
Que reinventarse es para otros.
Que eso del propósito es para filósofos y millonarios.
Y la frase más peligrosa de todas.
«Bueno… tampoco estoy tan mal.»
Esto no es conformismo. Es anestesia.
Tengo 42 años. Vivo en un pueblo costero, me muevo en bici y trabajo en un hipermercado.
No es la historia de éxito que ves en redes.
Y por eso te la cuento.
Llevo años con esto que llaman la crisis de los cuarenta. He estado muy perdido. Espectador de mi propia vida.
Me he gastado miles de euros en formaciones. Desarrollo personal, ventas, entrenamiento, nutrición. Leí cientos de libros. Buscando algo que fuera mío de verdad. Algo que me encendiera por dentro.
Probé el yoga aéreo. Las ventas. Ganaba dinero. No disfrutaba. Y para mí disfrutar no es un lujo. Es una condición.
Mientras tanto, veía tíos en Instagram. Cuerpos perfectos. Negocios de seis cifras. Vidas de ensueño. Y yo preguntándome qué me había perdido por el camino.
Hasta que con 41 años me subí a un escenario por primera vez.
Sin experiencia. Con la única formación de una clase a la semana durante seis meses. Con todo el ridículo del mundo por delante.
Y algo dentro de mí se encendió.
No porque fuera bueno. No porque el público me ovacionara. Porque por primera vez en mucho tiempo…
El cuerpo en escena. El humor como lenguaje. El miedo convertido en energía.
Y entendí algo. No buscaba el éxito. Buscaba sentirme vivo.
Ahora entreno.
Cuido lo que meto en el cuerpo.
Aprendo clown desde cero.
Y escribo sobre todo esto sin filtros.
No porque lo tenga resuelto. Sino porque escribirlo me ayuda. Y a lo mejor a ti también.
Sin spam. Sin rollos. Te das de baja cuando quieras.
¡Bienvenido al movimiento!
Revisa tu email en unos segundos.
Si buscas a alguien que te diga exactamente qué hacer, en qué orden y con qué método, aquí no es.
Si quieres motivación de la que sube en bucle, aquí tampoco.
Si has llegado al punto de que ya te da igual todo y prefieres seguir así, mejor que no te apuntes.
Pero si llevas tiempo sintiendo que algo no encaja.
Si te has preguntado si los próximos veinte años van a ser iguales que los últimos diez.
Si estás harto de ver vidas perfectas en redes y salir perdiendo en la comparación.
Entonces a lo mejor lo que necesitas no es otro método.
Es ver a alguien real moviéndose.
Sin red. Sin garantías. Con 42 años.
¿Quién eres tú para hablarme de propósito?
Nadie especial. Un tío de 42 años que lleva muchos buscando su sitio y que ha decidido contarlo en voz alta. No tengo títulos, no tengo método, no tengo el éxito. Tengo experiencia real y ganas de compartirla. Si eso te sirve, genial. Si no, no pasa nada.
¿No es un poco tarde para mí?
Yo creía lo mismo a los 39. A los 40. A los 41. Cuando me subí al escenario seguía creyéndolo. Lo creía hasta que empezó a no parecerme verdad. Si tienes menos de 84 años, no es tarde. Es lo único honesto que te puedo decir.
Es que tampoco estoy tan mal. ¿Para qué cambiar?
Esa es justo la frase que te tiene donde estás. Si llevas años repitiéndotela y todavía la repites, es señal de que algo se está moviendo por dentro aunque tú no quieras moverte por fuera. Si no te identificas, perfecto. Si te identificas, ya lo sabes.
¿Qué va a pensar mi gente si empiezo a moverme con 42?
No lo sé. Igual lo entienden. Igual no. Pero la pregunta más importante no es esa. La pregunta es qué vas a pensar tú dentro de diez años si no lo intentaste por miedo a lo que dijeran ellos.
¿Cada cuánto llega la newsletter?
No sé. Tengo trabajo, ensayos y entrenamientos. El tiempo es lo que es. Lo que sí te garantizo es que cuando llegue, valdrá la pena leerlo.
¿Me van a intentar vender algo?
Algún día sí, cuando tenga algo que valga la alegría ofrecerte. Ahora mismo no.
Tengo mucho lío, ¿para qué quiero otra newsletter?
Para leer algo que te dé la vuelta a la cabeza. Sin deberes, sin tareas, sin que nadie te pida nada a cambio. Solo un tío que también tiene mucho lío y aun así se mueve.
¿Y si me doy de baja?
Un clic y listo. Sin email de despedida dramático, sin encuesta de por qué te vas. Eres libre. Aunque espero que te quedes.
Mira. Los próximos veinte años pueden ser exactamente iguales que los últimos diez. O no.
Yo no sé si lo que escribo te va a servir. Pero sí que leerme cuesta lo mismo que no leerme. Cero.
Y a estas alturas, perderte una historia que igual te suena no parece la mejor jugada.
Venga, tío, si no me convences, me doy de baja.
¡Bienvenido al movimiento!
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